lunes

Los errantes


Los errantes, de Olga Tokarczuk.

Llegué a esta autora, premio Nobel de Literatura 2018, y a Los errantes al ser votada como lectura conjunta en el grupo de literatura. Si bien la sinopsis me pareció muy atractiva no es apta para todos los lectores ni para todos los momentos, a mi modo de ver.


Al inicio de su lectura comencé a señalar frases, fragmentos y pasajes atraída y tocada por la pluma de Olga, no obstante mi atención y embelesamiento comenzó a decaer cuando vislumbré la total falta de hilo argumental. Se trata de una especie de diario o cuaderno de viaje en el que se conjugan pensamientos aislados arrancados de la observación e imaginación y relatos sueltos inacabados y desestructurados.


Ello no es óbice para disfrutar de una gran maestría y una inteligencia viva y despierta, pero hay que adentrarse en este libro con una mente muy abierta y dispuesto/a a disfrutar con calma de la forma y olvidándose de sumergirse en la historia.


No puedo decir que me haya gustado ni que lo recomendaría, como digo, depende el tipo del lector y del momento. En mi caso me gustan más las historias hilvanadas que me transporten y adentren en ese otro mundo habitado por líneas y palabras que se transforman en vívidas imágenes en los lectores. Pero esto, amigos míos, es solo la opinión personal de una lectora más.


Sería muy aburrido que a todos nos gustaran los mismo autores y los mismos libros.



Sinopsis


Este es un libro inquieto e inquietante, hecho de «historias incompletas, cuentos oníricos» subsumidos en un libérrimo cuaderno de viaje a base de excursos, apuntes, narraciones y recuerdos que muchas veces tienen como tema el viaje mismo: así, el relato de Kunicki, que tendrá que enfrentarse a la desaparición de su esposa y su hijo, y a su reaparición enloquecedoramente enigmática. O el de Annushka, obsesionada por comprender los incomprensibles juramentos que profiere una pedigüeña. Y también el relato real de cómo el corazón de Chopin llegó a Polonia escondido en las enaguas de su hermana; o el del anatomista Philip Verheyen, que escribía cartas a su pierna amputada y disecada; cartas como las que le mandaba Josefine Soliman al emperador de Austria para recuperar el cuerpo de su padre, disecado como la pierna de Verheyen e infamantemente expuesto en la corte donde había servido en vida.


No hay comentarios:

Publicar un comentario