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jueves

Reflejos - Relato de Inma


Relato escrito para el evento de escritura de Julio: Historias alrededor de la hoguera. Acércate que te cuento...

Reflejos


En el lago relucía una brillante estela cual camino que conducía a la luna llena. Hacía una noche preciosa en la que, a pesar de la gran esfera luminosa, junto al lago, en el claro del bosque, podías distinguir cientos de estrellas. Había sido una gran idea apuntarse al campamento. A pesar del gran enfado que le duró varios días, porque sus padres no le dejaban llevar su telescopio, ocasiones como aquella no se presentaban en su casa, encerrada entre millares de edificios, en una ciudad atestada de luces. Pero sus padres le habían prometido que irían, más adelante, a la zona algún fin de semana que otro llevando su querido telescopio. El campamento estaba como a una hora y pudieron comprobar que alquilaban, por la zona, pequeñas cabañas de madera. Todo un descubrimiento, porque, hasta entonces, ninguno sabía de la existencia del lugar, a pesar de que era destino para excursiones de colegios y boys scouts.Tan solo habían llegado a ellos algunas habladurías que circulaban sobre el gran lago que despuntaba en el centro. Tonterías de personas mayores. La abuela Maruja le había dicho que se tragaba a los niños.

—Anda abuela, porque hace dos años una niña se ahogara allí, no quiere decir que el lago esté embrujado. La cuestión es: ¿a quién se le ocurre, cuando tan solo había comenzado a aprender a nadar, irse sola a bañarse? Y menos aun, de noche. —Le miró divertido—. Ya sabes que tu nieto nada a las mil maravillas y que voy siempre con mucho cuidado.

—Yo solo te digo que no me gusta ni un pelo —aborrecía cuando la trataba como a una vieja estrafalaria—. No quisiera yo que a mi rapaciño le pasara nada malo.

—Abu, no seas melodramática. Venga, ven que te dé un beso, que en nada me tienes de vuelta, dándote la lata de nuevo.

Sonrió al recordar aquella conversación con la abuela. Aunque delgada y poca cosa, desbordaba una vitalidad que más de una de sus compañeras de instituto hubiera querido. Pero una cosa era no bañarse solo por la noche y otra muy distinta, perderse el espectáculo que ofrecía la cúpula celeste sobre su cabeza. Así que allí estaba, tendido sobre su toalla de baño, cerca del lago, mientras el resto de sus compañeros dormían o bien charlaban y reían alrededor del fuego. No es que no le gustara estar con ellos, pero prefería perderse un rato y disfrutar de las estrellas, aunque fuera sin su amado telescopio.

De pronto abrió los ojos sorprendido por un murmullo que escuchó a su derecha. No recordaba haberse dormido… quizás sí cerrado un momento los ojos, relajado ante tantísima paz, pero nada más. Tenía frío y se frotó los brazos con energía. Sin duda había bajado mucho la temperatura. Estaba más cerca del lago de lo que recordaba y la noche, en torno a él, aparecía muy brumosa. Se levantó rápido e intentó abrigarse envolviendose con la toalla. Miró hacia atrás en busca del resplandor de la fogata y de las construcciones de madera, pero no vió nada de nada. Comenzó a asustarse y se giró desconcertado mirando a su alrededor. La niebla se había extendido tragándose árboles, piedras y matorrales.
Solo era eso, un manto que no le dejaba ver el campamento, nada más.
Se arrebujó aún más con la toalla dirigiéndose en dirección a donde creía que se encontraban todos sus compañeros.

Le pareció que ya veía un resplandor algo más adelante y apretó el paso, ya estaba cerca. Se paró en seco a los pocos pasos. Aquella luz era solo el reflejo de la gran luna en el lago. No podía ser, se había alejado del mismo hacia el campamento y de nuevo volvía a encontrarse ante aquella masa inmensa de agua. Maldiciendo, le dió una fuerte patada a una piedra que, con gran estrépito, quebró la líquida superficie.
Y entonces, de nuevo, aquel murmullo. Asustado, comenzó a caminar hacia atrás, trastabilló y cayó al suelo. “Vamos Jorge, no seas niñato”. Se había hecho un rasguño en la mano al caer y, de forma automática, se la llevó a la boca para calmar el dolor. Tras respirar de forma pausada para calmarse, se alejó de nuevo del lago, pero esta vez más rápido, con más determinación. Había dado como mucho unos treinta pasos cuando se percató de que allí estaba de nuevo, esperándolo. “Maldita sea, ¿qué es esto?”.

Un búho ululó sobre su cabeza.
Asustado dirigió hacia allí su mirada.
Unos enormes ojos anaranjados parecían escudriñarle. “No seas neurótico —se oyó decir— solo es un búho. Te pareces a la abuela."

Respiró hondo.
Tenía que calmarse.

Esperaría a que se retirara la niebla y así no volvería a perderse.
Una nube impertinente cruzó el cielo, abrigando a la luna sin permiso.
La oscuridad se acrecentó y con ella la sensación de frío. Jorge tiritaba, intentando que la toalla diera de sí. Miraba a derecha e izquierda tratando de ver algo y, a la vez, con miedo a hacerlo, por lo que pudiera aparecer. Tan solo el agua parecía guardar algo del resplandor que instantes antes refulgía en su superficie. El ave nocturna volvió a ulular. A su alrededor comenzaron a agitarse algunas ramas. Jorge quiso apartarse de las mismas y, sin percatarse, se acercó a la orilla. El murmullo apareció de nuevo, claro y fuerte: “Aquí”. Jorge, tenso como una vara, consideró que aquella voz provenía del lago, así que, tragando saliva, se acercó muy despacio. Entonces se vió, allí estaba, su perfecto reflejo: enrollado con la toalla, temblando y muy asustado. “¡Aquí!”, volvió a escuchar. Pero, perplejo, comprobó que el sonido provenía de su imagen. El movimiento de los labios y la mirada le delataba. Observó cómo "aquello" extendía su brazo hacia él. No era una visión. Allí estaba la extremidad sobresaliendo de la superficie, clamando y esperando que agarrara su mano. Como hipnotizado, fue poco a poco adentrándose en el agua, llegó a su altura y agarró la mano que le sujetó con fuerza. “Gracias” “¿Por qué?” “Porque ha llegado tu turno” “¿Cómo?” No le dió tiempo a más, porque un fuerte tirón lo sumergió. Pataleó y se revolvió perdiendo su toalla. Solo distinguía ante él su propia mano que tironeaba constantemente de él. Desesperado luchó esperando soltarse. Tal vez fue por ello que todo se aquietó y dejó de sentir que tiraban de él, aunque la mano seguía sujetándolo con firmeza. Era el momento, tomaría otras medidas para liberarse. Se lanzó a muerte a morder con los dientes aquellos dedos que tan bien conocía, pero un dolor le atenazó y abrió la boca para gritar. Comenzó a sangrar allí donde debía de haber clavado sus incisivos en su clon, pero el daño repercutió en su propia persona. Frente a él apareció su cara, extrañamente refulgente, con los ojos amarillos y una sonrisa maquiavélica. Volvió a gritar aterrorizado. El agua entraba en sus pulmones, pero seguía respirando. Debería estar ahogándose, pero ¡respiraba!, aunque aquello fuera una auténtica locura. Aterrado quiso alejarse de aquella faz que le clavaba la mirada divertido. “Vamos, no luches. Aquí podrás observar siempre tus estrellas, todas y cada una de tus noches”.

La niebla se abrió. De la superficie del lago emergió el joven. Sus compañeros llevaban horas buscando y llamándole desesperados. “¡Jorge!, ¡mirad, está allí!”. Todos acudieron en tromba. Su amigo, aunque pálido, sonreía aliviado.

—¿Qué te ha pasado?

—No, no lo sé… Tal vez me levanté durmiendo… Sea como sea, me he llevado un susto de muerte cuando me he visto en el agua. Menos mal que estáis aquí y que ya ha pasado todo.

Preocupados, le llevaron hacia la hoguera para que se secara, calentara y pusiera ropa seca. Mientras entraba en calor, en sus pupilas se reflejaba el resplandor del lago y un inquietante brillo amarillento.